LA FOTOGRAFÍA Y LA MUERTE



  • 'El retrato y la muerte' es la primera publicación sobre fotografía post mortem en España

  • El libro documenta esta práctica desde mediados del siglo XIX hasta finales del siglo XX


Joaquín Pintos. Velatorio. 1905. Archivo Gráfico. Museo de...
Joaquín Pintos. Velatorio. 1905. Archivo Gráfico. Museo de Pontevedra

Virgilio Vieitez no le gustaba hablar de esa parte de su trabajo. Lo hacía porque las familias se lo pedían y porque los encargos estaban bien pagados, pero al retratista de Soutelo de Montes (1930-2008) no le agradaban los reportajes funerarios. Ni a él ni a ninguno de sus compañeros de oficio. Fueron unas imágenes post mortem del archivo personal del gallego las que despertaron la curiosidad de Virginia de la Cruz, y lo que empezó siendo una tesis sobre la obra de Vieitez terminó convirtiéndose en 'El retrato y la muerte'(Temporae), la primera publicación sobre esta tradición fotográfica en España.
"¿Por qué alguien querría fotografiar el cuerpo sin vida de un ser querido?" es la pregunta que vertebra una obra que, desde el extremo opuesto al morbo, repasa la historia de esta práctica desde mediados del siglo XIX hasta finales del siglo XX. El libro cuenta con185 imágenes de época procedentes en su mayoría de archivos públicos y privados de Galicia. Abundan los retratos post mortem infantiles, metáfora gráfica de la virulencia de enfermedades por entonces letales como el tifus o el sarampión.
"En el caso de los niños, o en el de los adultos de ámbitos rurales más bien humildes, era el único retrato que se tenía de ellos", señala la autora, profesora de Arte Contemporáneo y Fotografía en la Universidad Francisco de Vitoria. "Hay que ponerse en la situación del momento. Estas fotografías eran casi una necesidad existencial para las familias. La toma de la foto se convirtió en una etapa más del rito funerario. ¿Por qué rechazarlo? Se hacía con cariño".

Sentido religioso, emocional y documental

En el plano metafísico, De la Cruz se refiere a estas imágenes como "representaciones vitales del hombre en su necesidad de entender y explicar el hecho de la muerte". Desde el punto de vista 'práctico', dos eran los motivos por los que generalmente se tomaban las fotografías: emocionales y documentales. "En el caso de los bebés, la familia pensaba: 'Se me va a olvidar su rostro...'", relata. La forma de recordarles era incluir su imagen póstuma en el álbum familiar para dar cuenta de su existencia.
Anónimo. Niña en el féretro con ofrendas. Museo de Pontevedra
La familia preparaba una "escenografía casera" más o menos elaborada en función de sus recursos. Los niños y las solteras, de blanco, señal de pureza, con el traje de su bautizo o comunión; los ancianos, de negro. Los pequeños se representan aparentemente dormidos (tumbados sobre una cuna o cama), simulando una 'ascensión a los Cielos' (recostados y rodeados de flores, imágenes religiosas y crucifijos) o como 'niños altares' dentro de sus ataúdes.
Esta 'representación' ayudaba a la familia a superar la pérdida."Necesitaban convencerse de la salvación del niño y su ascensión en forma de ángeles", explica De la Cruz. La tradición cristiana lo impregnaba todo. En otras ocasiones, los vivos acompañaban a los muertos en instantáneas en las que "la horizontalidad, impuesta por la figura del difunto, se veía enfrentada a la verticalidad de los vivos [..] un enfrentamiento claro de tipo visual entre vida y muerte", reflexiona la autora en el libro.
El segundo motivo, decíamos, era el documental. "En los casos de repartición de herencias en familias disgregadas era una prueba casi notarial del fallecimiento", señala. Las 'postales' también se enviaban a los familiares que no habían podido asistir al funeral (por haber emigrado a Europa o Latinoamérica) o para justificar en qué se había empleado el dinero que habían enviado para las exequias.

Práctica enterrada. O casi

Bebé difunto. Archivo Ramón Caamaño.
El primer retrato post mortem (hecho con un daguerrotipo) data de 1840, pero la representación de la muerte nació en el momento en que el ser humano fue consciente del carácter pasajero su existencia. Las figuras monolíticas prehistóricas, las efigies egipcias, las máscaras mortuorias medievales, las pinturas renacentistas, reservadas a la alta sociedad...
Las últimas evidencias de esta práctica se sitúan en los años 80, pero eso no quiere decir que haya desaparecido. "El mayor protagonismo de las ciudades hace que las nuevas generaciones estén menos vinculadas con las tradiciones de los pueblos", apunta la autora. Además, el aumento de la esperanza de vida hace que "no estamos tan familiarizados con la muerte", especialmente la infantil.
Se refiere a la muerte cercana, porque la televisada la afrontamos con indiferencia. Pero el distanciamiento sólo disfraza la certeza de que, tarde o temprano, todos 'posaremos para la foto': "Cuando ves a un difunto no estás sufriendo por él. Sufres la pérdida, claro, pero psicológicamente se está transfiriendo esa posibilidad, la de la muerte, hacia ti". Memento Mori.